Ante un
problema, tendemos a seguir un patrón habitual de pensamiento (las sillas son
para sentarse, el suelo para caminar, un vaso para ser llenado con un líquido,
etc.) y esto nos limita. El pensamiento lateral, en cambio, está ligado a la
creatividad porque requiere romper los patrones racionales a los que estamos
acostumbrados, esto es, encontrar nuevos puntos de vista y nuevas asociaciones
entre ideas y, a la vez, es una forma de desarrollarla.
Paenza lo
explica en su artículo del diario Página 12: “A
uno le presentan un problema que no contiene la información suficiente para
poder descubrir la solución. Para avanzar, se requiere de un diálogo entre
quien lo plantea y quien lo quiere resolver. En consecuencia, una parte
importante del proceso es hacer preguntas. Las tres respuestas posibles son:
sí, no o irrelevante.
Cuando una
línea de preguntas se agota, se necesita avanzar desde otro lugar, desde una
dirección completamente distinta. Y aquí es cuando el pensamiento lateral hace
su presentación. Para algunas personas, es frustrante que un problema “admita”
o “tolere” la construcción de diferentes respuestas que “superen” el acertijo.
Sin embargo, los expertos dicen que un buen problema de pensamiento lateral es
aquel cuya respuesta es la que tiene más sentido, la más apta y la más
satisfactoria.
Es más:
cuando uno finalmente accede a la respuesta, lo que se pregunta es: “¡¿cómo no
se me ocurrió?!”.
Quiero
plantear ahora un ejemplo muy interesante. No sé si es el mejor que conozco,
pero sí el que generó y genera muchísimas controversias.
Aquí va:
recuerde que no hay trampas, no hay cosas escondidas, todo está a la vista.
Algo más: si no conoce el ejemplo, permítame una sugerencia. Trate de pensarlo
solo porque vale la pena, en particular, porque demuestra que lo que usted cree
sobre usted mismo a lo mejor no es tan cierto. O, en todo caso, es incompleto.
Antonio,
padre de Roberto, un niño de 8 años, sale manejando desde su casa en la Capital
Federal y se dirige rumbo a Mar del Plata. Roberto, va con él. En el camino se
produce un terrible accidente. Un camión, que venía de frente, se sale de su
sector de la autopista y embiste de frente al auto de Antonio.
El impacto
mata instantáneamente a Antonio, pero Roberto sigue con vida. Una ambulancia de
la municipalidad de Dolores llega casi de inmediato, advertida por quienes
fueron ocasionales testigos, y el niño es trasladado al hospital.
No bien
llega, los médicos de guardia comienzan a tratar al nene con mucha dedicación
pero, luego de charlar entre ellos y estabilizarle las condiciones vitales,
deciden que no pueden resolver el problema de Roberto. Necesitan consultar.
Además, advierten el riesgo de trasladar al niño y, por eso, deciden dejarlo
internado allí, en Dolores.
Luego de
las consultas pertinentes, se comunican con el Hospital de Niños de la Capital
Federal y finalmente conversan con una eminencia en el tema a quien ponen en
autos de lo ocurrido. Como todos concuerdan que lo mejor es dejarlo a Roberto
en Dolores, la eminencia decide viajar directamente desde Buenos Aires hacia
allá. Y lo hace.
Los
médicos del lugar le presentan el caso y esperan ansiosos su opinión.
Finalmente, uno de ellos es el primero en hablar: “¿Está usted en condiciones
de tratar al nene?”, pregunta con un hilo de voz. Y obtiene la siguiente
respuesta: “¡Cómo no lo voy a tratar si es mi hijo!”.
Bien,
hasta aquí, la historia. Está en usted el tratar de pensar una manera de que
tenga sentido. Como no compartimos la habitación, o donde sea que usted esté,
le insisto en que no hay trampas, no hay nada oculto. Y antes de que lea la
solución, quiero agregar algunos datos:
a) Antonio
no es el padrastro.
b) Antonio
no es cura.
Ahora sí,
lo dejo a usted y su imaginación. Eso sí, le sugiero que lea otra vez la
descripción del problema y, créame, es muy, muy sencillo.
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